lunes, enero 24, 2005

TAN SÓLO CON SUS MANOS

Entre las manos de aquel pintor se escondía todo un mundo descubierto y por descubrir. Sus manos eran el puente para eternizar la realidad que tantas veces le costaba admitir como parte suya, de su alma oscura; que tantas y tantas veces confundía con sus anhelos y donde sus frustraciones jugaban a entremezclarse. Su especialidad eran los retratos de mujeres desnudas. La obsesión era tal que buscaba a toda costa encontrar el retrato perfecto, la sublime creación que le consagrara como el genio de la pintura que siempre quiso ser. Cuando no pintaba, todo lo que sentía era como un embotellamiento del alma; un agonizante y enfermizo dolor del corazón; un insufrible malestar en su interior que no le dejaba vivir en paz; el ahondamiento, el vacío, la agonía, la enfermedad delirante, el sin sentir de los sentidos, la depresión enfermiza... la nada. Pintaba, pintaba y pintaba con encolerizada rabia. Rabia contenida por no poder plasmar lo que sus más mórbidos pensamientos le pedían. Ustedes, lectores, se habrán sentido o habrán creido sentirse en alguna ocasión así, con semejante sentimiento insufrible y así mismo con la incapacidad de comunicar su universo interior en algo tan material y finito como un lienzo o un simple folio de papel como hago yo ahora. Y en esa incomunicación, esa incapacidad de reflejar lo deseado, sentirse impotentes y llegar así­ a surgir la decepción y con ello la rabia. Porque un sentimiento puede llevar a otro.

Fue así como en una ocasión, nuestro pintor, llegó más allá de lo esperado, más de lo que ningún otro ser humano hubiese podido imaginar en su insignificante mente de mortal. Algo de lo que quizá él nunca hubiese llegado a creerse capaz. Lo que él pintó era un retrato en su más perfecta creación; pura poesía dibujada surgida del blanquecino lienzo que nada quería decir. El cuerpo allí plasmado era el de una mujer joven tumbada boca arriba sobre una larga capa de seda roja que resaltaba entre su extremada blanca piel, más suave y aterciopelada probablemente, que la propia seda. Sus delicadas manos se encontraban descansando en el interior de sus muslos que mantenían una posición entreabierta. Sobre sus pechos erguidos se dejaba resbalar un pequeño pañuelo blanco, que debido a su tenue transparencia, permitía admirar aquellos senos dando una mayor libertad a la imaginación. Todo esto junto exaltaba la belleza de aquel rostro tan profundo..., casi tanto como el alma de aquel pintor y con una expresión que era imposible mirarlo sin sentir que nos hablaba. Los ojos negros de aquel rostro hacían que uno se perdiera en el interior de ese inmenso universo en el que tantas veces nos hemos visto envueltos cuando una mirada se funde con la nuestra y, más aún, cuando esa mirada pertenece a una persona amada. Era un retrato que ya jamás podra ser eliminado de la realidad.

El pintor se encontraba perplejo ante tanta perfección. Todo aquello le excitaba, le hacía proclamarse como aquel pintor que había encontrado el retrato perfecto, la sublime pintura que reflejase lo que siempre añoró pero que nunca tuvo valor o no supo como hacer. ¿Fue acaso la rabia contenida desde un primer momento? ¿Fue enajenación mental, locura transitoria? O por el contrario, estaba completamente lúcido para poder hacer lo que hizo. Esa perfección dibujada se mantendría por los siglos de los siglos. Aquello le hacía sentirse a gusto consigo mismo. Y toda aquella maravilla la había creado TAN SÓLO CON SUS MANOS. Calificaba su obra de algo bello, innovador, extraordinario, maravilloso, perfecto, asombroso... CRUEL. Sí, cruel, porque todo lo que había creado no era más que el cuerpo de una mujer desnuda, a la cual quitó la vida con sus manos, TAN SÓLO CON SUS MANOS, para poder pintar a la muerte.
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